Después de un año que estuvo medio de la mierda llega casi sin que nos demos cuenta, otra Navidad. Y no, no me quejo porque al final de todo tengo a mi familia hermosa, amigos que me demuestran que por más que intente desaparecerme ellos siempre van a estar ahi cuando los necesite, un clóset cada vez más lleno de ropa linda, anécdotas increíbles de viajes, muchos planes que me hacen mucha ilusión para el futuro, un gatito rayado mordelón pero precioso, y sobre todo, un sentimiento que hace mucho ya no me acompañaba y que se traduce en las ganas de ver qué me depara el destino.
Así que con todo lo grinch que soy y lo mucho que despotrico contra éstas épocas, les quiero desear a todos muy felices fiestas. Quizá esta Navidad gracias a la crisis no habrá muchos regalos abajo del árbol, pero lo importante es que estamos todos y podemos quejarnos juntos. Ojalá todos tengamos un muy próspero año nuevo lleno de cosas buenas: de salud, sobre todo, de trabajo, de dinero, de viajes, de satisfacciones, de éxitos, de amores, de alegrías, de buenos amigos, de anécdotas, de aventuras, de risas, de cambios, de ciudades nuevas...
Y a brindar, gente, por todo lo bueno que viene. Por que ahí viene!
Muy feliz Navidad y año Nuevo!!
Después de varias horas de viaje, el aire helado me pega en la cara pero no tengo frío. Jalo mis maletas con trabajo y espero al taxi, esta vez no tengo miedo, siento algo raro. Media hora de un camino nublado y llego a la casa donde me reciben mis tres niños adorados y su perro, la "Chacha". Adentro de la casa hace calor, yo me sigo sintiendo extraña, no reconozco el sentimiento. Después de un rato llega mi prima y me recibe con un abrazo y algo de comer, me muero de hambre, con eso de la crisis ya no dan comida en los aviones. Y con una ensalada de pollo empieza mi estancia en San Francisco, donde me paseo por las calles y por las tiendas adornadas de Navidad como si hubiera vivido ahí toda mi vida. Me llevan a cenar, a comer, al zoológico y hasta Six Flags. Me cuentan historias, me dicen qué visitar, a dónde no puedo dejar de ir. Yo camino sola muchas veces, me detengo en aparadores, me pruebo ropa que sé que no podría pagar nunca pero no me importa, había pasado mucho tiempo desde que me había sentido así de bonita. Respiro profundo y siento que me llega el aire a los pulmones. El paisaje ayuda, la niebla disipa mis miedos. Y la risa de mis niños, también. Me acompañan espíritus que me habían abandonado hace mucho, que quizá se habían cansado del tráfico de la ciudad de México. Y mis sueños perdidos empiezan a verse un poquito más claros. Por unos cuantos días, vuelvo a creer que hay cosas buenas que me están esperando. Quién me iba a decir a mi que tan lejos de casa me iba a sentir, por fin, en mi hogar.
Y luego, así caminando por Chesnut St., siento de pronto un a emoción extraña que me dice por ahí cerca anda el amor que perdí una noche hace muchas vidas. No lo busco porque sé que me está esperando, pero por mientras le pongo la cara de mi vampiro personal. Sé que algún día regresaré a esa calle donde el pavimento brilla como su piel al sol para encontrarlo ya para siempre. Y el día que mi prima me deja en el aeropuerto, lloro inconsolablemente sin saber bien de dónde me sale tanta tristeza. Cuatro horas y media más tarde, me cae toda la nata de contaminación encima cuando aterrizo en el D.F., y vuelvo a cargar con ese peso insoportable que no sé de dónde viene, con esa soledad inexplicable que me persigue todo el tiempo, con esa angustia que no me deja dormir...
Es en una de esas noches de insomnio insoportable, cuando me doy cuenta de qué era aquel sentimiento que me invadió a tantos kilómetros de mi ciudad que ya no es mia, en un lugar donde el idioma, las costumbres, la gente y el paisaje es otro...
Ese sentimiento extraño era nada más y nada menos que paz.
Perdón por no escribir. Andaba perdida, me fui lejos, allá me encontré de nuevo y que regreso y que me vuelvo a perder. Justo cuando aterrizó el avión fue como si toda la contaminación y el tráfico del DF me hubieran caído concentrados en la espalda y me hubieran pintado de su color: gris. Allá, en cambio, anduve feliz, brillando con una sonrisota en la boca. Allá los caminos nuevos y desconocidos me llevaban todos a lugares mejores. Allá tan lejos de todo lo que conozco, encontré un lugar a donde sentía pertenecer, con todo y su gente extraña y su idioma extraño y su cambio de horario, con todo y todo. Aquí ya no soy.
Sueño con vampiros, con volver a la escuela, con cambiar de trabajo, con combinaciones de ropa y tal vez, en un futuro algo lejano, con una boda en la playa. A ver qué me trae el destino. Hoy ando tristeando, parece que ya es lo único que sé hacer aquí.
Quiero vivir una historia diferente... sáquenme de aqui!!!
La oficina está vacía a las 9:30 de la mañana. Yo camino y me siento con el vacío que me acompaña desde hace tiempo. Un mensaje contrasta en el celular, letras conocidas que ya tenían tiempo de no aparecerse por la pantalla. Y luego tú, renovado, viéndote mejor que nunca, pero con los mismos ojos tristes de los que me enamoré hace años, te apareces en la puerta tal como habías prometido. Dos holas casuales y un abrazo que duró demasiado poco me recuerda tus brazos. Me platicas de ti, te noto cambiado, mejor. Yo, en cambio, no estoy mejor. Ya se me habían olvidado tus dedos, el contorno de tu risa y por un momento, también se me había olvidado el maldito pasado que nos condenó siempre, que nos rebasó, que fue más allá de nosotros. Ojalá el destino no nos hubiera jugado tan chueco, esas cosas no se valen. Pero tú sonríes y el viento despeina tu pelo mientras yo pienso que tal vez el universo no conspiró en valde, que quizá nuestra historia tiene un final diferente al que decidimos darle cuando nos rendimos. Y luego, me aferro a tu espalda no sólo por la velocidad de la moto, sino porque es un buen pretexto para acortar distancias de cuerpos y de años. Te despides, me despido yo. Y el corazón se me vuelve a sentir en el pecho.
Hoy en la mañana, despierto y me doy cuenta de que por primera vez en mucho tiempo, no hay ni un sólo ruido. Ni un coche, ni una sirena a lo lejos, ni un sólo pájaro, nada.
Al final reina el silencio.
Porque todos, aun sin quererlo, siempre guardamos un secreto.
El cielo está bonito hoy pero el clima no. Me pongo la chamarra y me da calor, me la quito y me da frío. He repetido eso como 18 veces el día de hoy y apenas van a dar las doce.
Ayer fui al mercado y me encontré un gatito amarillo, lo habían abandonado y estaba atorado en un techo. Lo saqué y con una sonrisota por mi buena suerte, ya estaba dispuesta a llevármelo a mi casa, bañarlo, darle de comer, consentirlo un rato para luego ponerle un moño y buscarle una nueva casa, pero unos niños me dijeron que si se los regalaba y mi mamá les dijo que sí antes de que yo pudiera reclamar algo. A veces pienso que sólo un gatito podría hacerme medio feliz aunque sea nomás por el ratito que lo tenga. Pinche suerte.
Hoy llegué así como medio vacía al trabajo, a sentarme en un lugar que no me gusta mientras escucho la música de los junto que, sobra decir, no me gusta. Lo único que hago ya es esperar a que de la hora de salida para irme, pero cuando llega me doy cuenta de que tampoco me quiero ir porque no hay nada nuevo en ningún lado, nada que me haga moverme. Chale.
Hace un rato me puse a leer unos mails viejos que venían desde la playa donde dejé no sólo mi niñez sino también como la mitad de mi vida. Y esa mitad me escribía con faltas de ortografía que me extrañaba, y me describía en un poema que aún hoy hace que se ponga la piel chinita. Esos son los retazos a los que me aferro cuando parece que no hay a dónde ir, y menos con el dolar subiendo a esas velocidades.
Me quiero ir.
No quiero estar aquí.
No puedo.
Murphy: déjame escapar.
Perdón, no he tenido tiempo de postear, ni ánimos, ni ganas, ni inspiración, ni nada. Ando como deambulando sin saber a dónde quiero ir. Me muevo por puritita inercia, ando como vacía, como medio dormida, como medio muerta.
Necesito encontrar lo que se me perdió, pero no sé por dónde empezar ni que hacer.
Es más, ni siquiera sé que es.
Antes, estar in era saberse los nombres no solo de los antros de moda sino de los cadeneros que custodiaban ferozmente la puerta pa presumir entrada casi casi VIP.
Ahora, estar in es tener gran variedad de fotos en la carpeta de "bodas" del Facebook, pa presumir lo popular que es uno que asiste a todos los eventos de los amigos que se están casando.

Que gacho se siente envejecer.