Tengo ganas de llorar. A lo mejor es porque estoy cansada y está nublado y estoy en mi cama sintiendo entrar el aire frío por la ventana. Y es que aveces los días nublados me recuerdan tanto a tí, a tu mirada verde y gris, a la única vez en la vida en la que me he sentido segura de algo. Tengo ganas de llorar porque me di cuenta de que no importa qué tan lejos me vaya, los recuerdos se van conmigo siempre. Y quizá también sea porque el Sena y el francés y los Campos Elíseos tienen tu nombre y la promesa que sigue en el aire. Y en la cena con vino tinto, sales a relucir tú en un presente lejano y ajeno pero que extrañamente me hace sentirte cerca, vivo de nuevo. Y entonces me dan ganas de llorar porque sé que debería de estar tomando tu mano mientras camino por las calles de la ciudad del amor, que deberías de estar ahí tú y nadie más porque no hay nadie más con quien yo haya querido tanto estar en esta vida. Lo extraño es que entre esas ganas de llorar, hay una melancolía y una nostalgia que sólo se aparecen cuando eres tú el protagonista, y una extraña esperanza parecida al ruido que hacen las olas cuando les pega la luz del sol. Y ahí, entre esas ganas de llorar, mientras se me escapan unas cuantas lágrimas, me siento en las sillas verdes de nuestro café que hace tanto dejó de existir, un poquito en el pasado y un poquito en el presente, y cierro los ojos y sonrío porque me siento bien, porque aunque parezca imposible, aunque todo apunte en mi contra, los días nublados me hacen pensar que a tí y a mi todavía nos deben un final feliz.
Y que de alguna manera, algún día, lo vamos a tener.
